14 de julio de 2014

La Unidad del Vacío

                                                             


Cuando los objetos del pensamiento se desvanecen,
el sujeto pensante se desvanece;
y cuando la mente se desvanece, los objetos se desvanecen.
Las cosas son objetos debido al sujeto,
y la mente es tal debido a las cosas.
Entiende la relatividad de ambos,
así como la realidad básica: la unidad del vacío.
En este Vacío ambos son indistinguibles
y cada uno contiene en sí mismo el mundo entero.
Si no haces ninguna discriminación
entre burdo y sutil,
no te tentarán
el prejuicio y la opinión.

El mundo exterior se debe a ti

El mundo exterior existe debido a ti; tú lo creas, eres su creador. Cada ser humano crea un mundo alrededor de sí mismo, el cual depende de su mente. La mente puede que sea una ilusión, pero es creativa; crea sueños. Y depende de ti si creas un cielo o un infierno… Vosotros no vivís en el mismo mundo, no podéis porque vuestras mentes no son iguales. Tú puedes estar viviendo en el infierno; y el que está justo a tu lado, en el cielo. Así que lo primero que hay que entender es que no se puede abandonar el mundo a no ser que la mente desaparezca. Y una mente es siempre una mente particular. Cuando deja de serlo, cuando se convierte en Mente con mayúscula, ya no es una mente, sino consciencia.

La mente crea al mundo y luego el mundo le ayuda a permanecer como tal. Este es el círculo vicioso. Pero el origen está en la mente; el mundo es sólo una consecuencia. La mente es substancial; el mundo, su sombra. Y uno no puede deshacerse de su sombra, aunque es lo que toda la gente trata de hacer. ¿Crees que serías más feliz si vivieras en un palacio? ¡Te equivocas! ¿Quién es el que va a vivir en el palacio? Serás tú. Y si no eres capaz de ser feliz en una cabaña, tampoco lo serás en un palacio. ¿Quién va a vivir en el palacio? Los palacios no existen fuera de ti. Tú eres el mundo. Tú creas un mundo alrededor tuyo y luego el mundo ayuda a la mente que lo ha creado.

¿Por dónde empezar la transformación?

En este contexto, ¿por dónde empezar la transformación? La primera mirada te dirá que cambies el mundo. Y eso es lo que has estado haciendo durante vidas: cambiando constante esto y lo de más allá, cuerpos, casas, parejas, amigos…, pero sin darte cuenta nunca del hecho de que sigues igual. A esto se debe que se haya creado una falsa tradición de renunciación: ¡Huye del mundo! Escapa de lo mundano y vete al Himalaya… Es muy fácil irse al Himalaya, pero ¿cómo vas a huir de ti mismo? Allí volverás a crear el mismo mundo; exactamente el mismo. Puede que esta vez en miniatura, pero volverás a hacer lo mismo. Tú eres el mismo, ¿cómo vas a hacer algo diferente?

A la mente le encanta la idea de cambiar porque la mente precisa cambiar. No puede vivir en lo eterno, porque la mente siempre añora alguna sensación nueva. La mente no puede parar el tiempo y habitar en lo atemporal. Es por esto que la mente no puede vivir en el aquí y ahora, pues el aquí y ahora no forma parte del tiempo. Es sencillamente tal como es. Allí no ocurre nada. Está vacío. Buda a esto lo llamó shunyata; vacío absoluto.

Ya has vivido lo suficiente con la mente. No has conseguido nada a través de ella. ¿No ha llegado el momento de estar atento y consciente? Lo que has conseguido ha sido mucho sufrimiento, desdicha, angustia y frustración. Siempre que te mueves con la mente algo va mal. Observa: para la mente siempre hay algo que va mal. Para ella todo está torcido; no porque realmente lo esté, sino porque es la manera de ver de la mente: cualquier cosa que pasa a través de la mente, se tuerce. Igual que cuando metes algo recto en el agua, por ejemplo una paja, y se tuerce. Aunque esté dentro del agua la paja sigue estando recta, pero tus ojos no lo ven así. Y tienes que darte cuenta de todo esto por experiencia propia, no como una teoría. Cuando lo experimentas se convierte en una verdad y te desprendes de la mente.

Cuando la mente se evapora, desaparecen todos los mundos y todos los objetos dejan de ser objetos. Ya no sabes dónde acabas tú y dónde comienzan las cosas, ya no hay fronteras, las divisiones se diluyen. Al principio te sentirás como si todo se hubiera vuelto borroso, pero, poco a poco, te irás asentando en este nuevo fenómeno que es el de la no-mente. Las estrellas siguen estando ahí, pero ahora forman parte de ti, ya no son objetos. Las flores y los árboles siguen estando ahí, pero ahora florecen en ti, ya no florecen afuera. Entonces vives con la totalidad. Se ha roto la barrera; la barrera era tu mente.

Por primera vez ya no hay mundo -el mundo significa la totalidad de los objetos-, sino un Universo -“universo” significa “uno”-. Los límites se cruzan y se mezclan entre si. El árbol se convierte en la roca; la roca, en el Sol; el Sol, en la estrella; la estrella, en la persona que amas; y todo se mezcla entre sí. Y ahí no estás separado. Ahí lates, vibras en el centro del propio corazón. Entonces es un Universo.

La mente se evapora, los objetos desaparecen, la fuente de los sueños se desvanece. ¿Qué has estado haciendo hasta ahora? Has tratado de conseguir un sueño mejor. Ha sido en vano, pero todo el afán de la mente radica en conseguir un sueño mejor. No creas que la mente puede darte un mejor sueño: un sueño es un sueño. La mente no puede darte una satisfacción profunda; aunque sea mejor, no te satisfará. Pero de nuevo vuelves a recoger sus pedazos y creas otros sueños. ¡Déjalo ya! Lo has hecho muchas veces y no has conseguido nada. Una vez que entiendes que tienes que dejar de soñar, el mundo de los objetos desaparece. El mundo estará ahí, pero no será el mundo de los objetos. Todo cobrará vida y se volverá subjetivo.

Todo está vivo y vibrando. Este vibrar no es un proceso fragmentado, es un todo vibrando. Tú vibras, pero el todo vibra a través de ti. El Universo vibra y late a través de ti. Tú no eres, el Universo es. Y el Universo no es la totalidad de los objetos, es una subjetividad. Existe como una persona. Está vivo, consciente. No es una organización mecánica; es una unidad orgánica.

Todo lo que ocurre a tu alrededor está enraizado en la mente

“Cuando los objetos del pensamiento se desvanecen, el sujeto pensante se desvanece; y cuando la mente se desvanece, los objetos se desvanecen. Las cosas son objetos debido al sujeto y la mente es tal debido a las cosas”. Las cosas están ahí, a tu alrededor, debido ti. No te enfades por ello, no empieces a luchar contra ello. ¡Tú lo has creado! Y tus deseos se han realizado: lo que necesitabas, ahora está a tu alrededor.

Todo lo que ocurre a tu alrededor está enraizado en la mente. La mente es siempre la causa. Es el proyector, afuera sólo hay pantallas; tú te proyectas a ti mismo. Si te parece desagradable, entonces cambia la mente. Y si sientes que cualquier cosa que procede de la mente es una pesadilla, abandona la mente y no pretendas arreglar la pantalla. Pero para ello hay un problema: piensas que tú eres la mente. Así que, ¿cómo vas a dejarla?; ¿cómo vas a dejarte a ti mismo? Mas tú no eres la mente, estás más allá de ella. Has llegado a identificarte con ella, es verdad, pero no eres la mente. Y este es el propósito de la meditación: darte pequeños destellos de que no eres la mente. Por unos momentos la mente para... y ¡tú todavía estás ahí! Si te das cuenta, habrás alcanzado el profundo núcleo de la verdad. Primero hay que abandonar la identificación, entonces puede abandonarse la mente.

La próxima vez que tengas un deseo, obsérvalo. Di para tu interior: “Voy a observar adónde va la mente”… Y sentirás una distancia. ¿Quién es este espectador? Puede que te olvides y te vuelvas de nuevo uno con el pensamiento, con el deseo. Céntrate de nuevo, mira otra vez el deseo: el deseo se mueve por sí mismo y crea sueños. Es como si hubiera aparecido una nube, ha surgido un pensamiento en el cielo de tu ser. Y recuerda, si puedes no identificarte aunque sea por un instante (el deseo está ahí y tú estás ahí, pero hay una distancia), de repente hay iluminación.

Ahora sabes que la mente funciona por sí misma, que es un mecanismo. ¡Puedes dejarla a un lado! Puedes usarla o no usarla; tú eres el que manda. Ahora el mecanismo está en su lugar; ya no es el amo. Entonces es posible dejarlo. Meditar, atestiguar, sentarse en silencio y mirar la mente será de gran ayuda. Sin forzar, simplemente sentándose y observando, como se observa a los pájaros volando en el cielo, sin hacer nada, indiferente. Sin que realmente te concierna adónde van los pensamientos; van a su aire, van a lo suyo.

Y a veces ocurre que los pensamientos de la gente que está a tu alrededor entran en tu cielo y tus pensamientos entran en su cielo. Por eso en ocasiones sientes que en presencia de alguna persona, de repente, te entristeces; en cambio con otra sientes cómo te sube la energía, sientes alegría y felicidad. Y hasta puedes que te des cuenta de que ese pensamiento no es tuyo, pero cuando llega te llena y te identificas con él… Esa ira no es tuya; el que estaba enfadado era otro, pero tú sentiste algo dentro de ti… Los pensamientos no son tuyos, no son tú. Cuando mueres, tus pensamientos se esparcen por todos los sitios.

Relájate y, simplemente, observa

¡Estate consciente! Y mira cómo entran los pensamientos en la mente, cómo te identificas y te haces uno con ellos. Y se mueven muy rápidamente, su velocidad es enorme, el espacio no existe para ellos. Y debido a esa rapidez, no puedes ver dos pensamientos por separado… Siéntate, cierra los ojos, ralentiza los procesos corporales, la respiración, el latir del corazón… Porque si todo va más lento, los pensamientos tendrán que ir más lentos, pues todo está unido. Y a medida que el proceso se vaya haciendo más lento, serás capaz de ver espacios. Entre dos pensamientos hay un intervalo. Presta más atención a los intervalos que a las nubes.

Imaginaros una gran pizarra, del tamaño de toda una pared. Y en ella marco un punto blanco y os pregunto qué veis. Pues hay un 99 por 100 de posibilidades de que no veáis la pizarra, sino el punto blanco; porque vemos la figura, no el fondo. La pizarra es enorme y, aun así, lo que veis es el puntito blanco. ¿Por qué? Porque este es el modelo fijo de la mente: mirar la figura, no el fondo; mirar la nube, no el cielo; mirar el pensamiento, no la consciencia.

Préstale más atención al fondo y menos a la figura. Te acercarás más a la realidad. La mente, debido a su hábito, se fijará en la figura. Tú tan sólo muta la perspectiva y fíjate en el fondo. Puedes mirarte a ti mismo y a los demás de dos maneras: mirando el fondo, donde hay árboles, plantas, tierra, cielo, el Universo infinito; o mirando la figura, es decir, a ti y a los otros. Pero la mente siempre se fija en la figura.

Tú eres sólo una nube. Cuando personas como Buda te miran estás ahí, pero sólo como una pequeña parte del fondo. El fondo es infinito y eres sólo un punto. Pero a ti te gusta que te miren como si nada existiera más allá de ti y el amor de Buda te parecerá distante. Tú necesitas un amor apasionado, unos ojos que te miren a ti y se olviden del todo. Eso no le es posible a un buda. Ocupas tu lugar, pero aun así eres sólo una parte de un fondo infinito y no se te puede prestar toda la atención.

No eres el centro del mundo. En realidad el mundo existe sin ningún centro. Por eso todo el mundo puede pensar: “Soy el centro”. Si hubiera un centro eso sería imposible. Por eso los mahometanos, los cristianos y los judíos no permiten afirmaciones tales como las de los hindúes, que dicen: “Yo soy Dios; aham brahmasmi”. Para ellos eso es una herejía: “¿Qué estás diciendo? Sólo Dios es el centro. Y nadie más lo es”. Pero los hindúes pueden afirmar desenfadadamente: “Yo soy Dios”, porque ellos dicen que no hay ningún centro o que todo el mundo es el centro.

Cuando la mente se evapora el mundo objetivo se desvanece. ¿Quiere esto decir que, si has alcanzado la no-mente, desaparecerán los árboles o que esa silla se desvanecerá? No, la silla o el árbol permanecen, pero ahora no están limitados, ya no tienen fronteras. Ahora la silla se encuentra enlazada con el Sol y con el cielo, la figura y el fondo se vuelven uno. No hay una figura separada del fondo, sus identidades han desaparecido. Ya no son objetos, porque ahora tú ya no eres un sujeto.

El observador se convierte en lo observado. Si miras una flor, ¿te convertirás en la flor? No, pero aun así, en cierto sentido sí. No te transformas en la flor en cuanto a que dejes de ser una persona y alguien te pueda arrancar y llevarte consigo. Pero cuando no hay mente, no existe ya ninguna línea divisoria que te separe de la flor y la flor ya no tiene ningún límite que la separe de ti. Ambos os habéis convertido en un algo subjetivo, os habéis encontrado y fundido. Tú sigues siendo tú, la flor sigue siendo la flor, pero existe una unión.

En algunos momentos de amor, el observador se convierte en lo observado. Si amas a alguien, siéntate con esa persona y miraos a los ojos; sin pensar nada, sin pensar en quién es esa persona, sin crear un proceso de pensamiento, sólo mirándoos a los ojos. Puede que haya algunos vislumbres en los que te perderás y no sabrás quién eres; no sabrás si tú te has convertido en el amado o el amado en ti. Los ojos son unas puertas maravillosas para entrar el uno en el otro. Habrá momentos en los que el fondo y la figura se disuelvan el uno en el otro. De repente verás que no eres y, aun así, eres. Esto le ocurre a un verdadero meditador con el propio Universo: no es que se convierta en un árbol, pero aun así se convierte en un árbol. Cuando está con un árbol, no hay ninguna división. Y cuando se armoniza con esta tierra sin fronteras, entonces se mueve sin fronteras.

Cuando la mente desaparece, los objetos se desvanecen. Cuando los objetos se desvanecen, tú te desvaneces, el ego se desvanece. Todo está relacionado.

Tú existes debido a los objetos

“Entiende la relatividad de ambos, así como la realidad básica: la unidad del vacío”. Tú existes debido a los objetos de tu alrededor. Tus límites existen debido a los límites del resto de las cosas que te rodean. Cuando ellas pierden sus límites, tú pierdes los tuyos. Tu mente y tus objetos externos están unidos, hay un puente entre ellos. Si desaparece una orilla, el puente se derrumba. Y con el puente también desaparecerá la otra orilla, porque no hay ninguna posibilidad de que exista una orilla sin la otra.

Y entonces existe una unidad; la unidad del vacío. Tú estás vacío y la flor está vacía… Si la flor no tiene ninguna línea divisoria, ¿cómo va a existir un centro? Cuando no hay delimitación y la mente se ha quedado en silencio total, ¿cómo puede existir el “yo”? Porque el “yo” es un ruido. ¿Cómo puedes decir “yo soy” cuando es el todo? Cuando la figura y el fondo se han hecho uno, ¿cómo puedes decir “yo soy”? Esto es anatma, el vacío de Buda: no ser. Ya no eres y aun así eres. Realmente, por primera vez existes como el todo, pero no como el individuo, no como lo definido, lo demarcado, lo delimitado. Ahora ya no eres una isla, eres la vasta expansión del vacío.

Y lo mismo pasa con la flor, con el árbol, con los pájaros y los otros animales, con las rocas, con las estrellas y con el Sol. Cuando tu ser desaparece, desaparece el ser de todas las cosas, porque ellas eran el reflejo de tu ser, el eco de tu ser resonando en el Universo, el reflejo de tu locura. Ahora ya no está ahí. Cuando hay vacío hay unidad.

Al decir que eres lo que sea, cualquier cosa, te estás separando del todo. Al decir que tienes poder, te estas separando del Universo. Al decir que eres algo, lo que sea, te estás separando a ti mismo del Universo. No te separes de ninguna manera, no hagas definiciones acerca de ti. Vive con límites flexibles que estén siempre dispuestos a encontrarse y fundirse.

“En este Vacío ambos son indistinguibles...” Están separados, pero su separación es algo totalmente diferente. No es la separación del ego. Es como una ola en el océano. Puedes distinguirla, ya que la ola es la ola, no es el océano. Más, aun así, es el océano: el océano la origina, la hace surgir, ondea y late en ella. Como forma está separada, pero como existencia no lo está. Tú sigues estando separado y, aun así, no lo estás. Esta es la paradoja más fundamental que un ser humano llega a experimentar cuando vivencia el no-ser, anatma. Te pierdes a ti, pero ganas el todo. Y no pierdes nada más que tu sufrimiento.

“…Y cada uno contiene en él mismo el mundo entero”. Cuando te pierdes a ti mismo, te conviertes en el mundo entero. Todo es tuyo y te transformas en swami: quiere decir maestro; uno que se ha disuelto a sí mismo tan totalmente que ya no es; uno que se ha convertido en el mundo entero.

Si no haces ninguna distinción…

“Si no haces ninguna discriminación entre burdo y sutil no te tentarán el prejuicio y la opinión”. Si no haces ninguna distinción entre bueno y malo, hermoso y feo, esto y aquello; si no discriminas y simplemente aceptas el todo como es… Si no pones tu mente en ello, no te vuelves un juez. Simplemente dices: “Así es”…. La espina está ahí y tú dices: “Así es”. La rosa está ahí y tú dices: “Así es”. Un santo está ahí y tú dices: “Así es”. Un pecador está ahí y tú dices: “Así es”. Y el todo sabe; nadie más puede saber por qué existe el pecador. Debe de haber una razón, pero ese es un misterio del que se tiene que ocupar el todo, no es para que te preocupes tú. El todo deja que nazcan santos y pecadores, espinas y rosas; sólo el todo sabe el porqué. Simplemente entra en el todo y no hagas ninguna distinción. Tú también sabrás por qué, pero solamente cuando te hayas convertido en el todo.

El misterio se resuelve cuando tú mismo te has convertido en el misterio. No lo puedes resolver mientras sigas siendo tú mismo. Si sigues siendo tú mismo, te convertirás en un gran filósofo. Tendrás muchas respuestas y ninguna; tendrás muchas teorías, pero no la verdad. Pero si te conviertes en el propio misterio, sabrás. Aunque este conocimiento es tan delicado que no puede decirse con palabras; es tan paradójico que desafía todo lenguaje porque los opuestos pierden sus demarcaciones, se vuelven uno.

La figura es la palabra y el fondo es el silencio. ¿Cómo podrías expresarlo? No puede ponerse en palabras, porque siempre que dices algo tienes que discriminar, elegir una palabra, preferir esto a aquello y de esa forma entra la mente. Y aun así tiene que ser expresado, porque hay muchos que están sedientos de ello. Con sólo oír hablar acerca de ello, puede que el corazón de alguien se ponga en marcha. Se pone en este mundo algo que no pertenece a este mundo: la experiencia del profundo silencio.

No sólo leas estas palabras, absórbelas. Deja que se disuelvan en tu corazón. No las memorices. Deja que entren en tu ser y se conviertan en tu propia sangre, en tus propios huesos. Absórbelas, aliméntate con ellas, digiérelas, y olvídalas. Estas palabras tienen un tremendo poder de transformación.


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Fuente: Extracto del capítulo 5 de “El Libro de la Nada”, de Osho, realizado por Emilio Carrillo.





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